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Me cago en El Corte Inglés y en su puta madre

Y nunca mejor dicho. No les basta con crear festividades donde no las hay para mitigar las bajas ventas producidas por encontrarnos fuera de temporada (ni invierno ni verano, sino una época en la que uno no sabe qué ponerse), sino que además nos hacen creer que se trata de una fiesta nacional.

Al igual que pasara con el Día del Padre, el primer domingo de mayo es el día en el que todas las madres del país reciben un regalo de sus hijos. Y si no reciben regalos ya se pensarán ellas una forma de vengarse. Tan acostumbrada está la sociedad a este día que parece hasta una obligación hacer un regalo.

Y nos encontramos con carteles del Día de la Madre por todas partes. Empezó como una idea de unos centros comerciales; los demás, al ver que el rollo le iba bien, pues a seguir con el cuento. Y vemos promociones totalmente absurdas en la que se ha asociado el producto con las madres de una forma demasiado cogida por los pelos:
- "Regala a tu madre la TDT o dentro de unos meses no podrá ver este canal". ¿Acaso sabe lo que es la TDT? Además, con la mierda que ponen en esa cadena casi preferiría no comprarlo.
- "Cupón del Día de la Madre". ¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino?
- "Regala a tu madre Digital Plus". No le compro el TDT le voy a comprar eso, ja.

Es que, ¿por qué hay que materializar el amor que un hijo siente por una madre en un regalo etéreo de dudosa utilidad? Ya puedes ayudar en todas las labores de la casa, puedes hacerle los recados que quiera, puedes decirle que la quieres mil veces y darle besos otras tantas, hacer todo lo que ella quiera sin rechistar, pero como no le hagas un regalo el Día de la Madre... Ay, la que te espera. Serás un mal hijo que no se acuerda nunca de ella.

También puedes ser un hijo un tanto cabrón (iba a decir "hijo de puta" pero creo que no procede) que pase olímpicamente de su madre durante todo el año, que la lleve, como ellas dicen, "por el camino de la amargura", pero bueno, el Día de la Madre le haces un regalito y ya eres el mejor hijo del mundo, y ya se puede dar ella con un canto en los dientes hasta el año que viene.

¿Qué pasa si no le regalas nada? No es que se te haya olvidado, dado que eso es imposible, con lo que lo repiten por todas partes. No puedes alegar que te niegas a ser un pelele consumista de unos grandes almacenes porque te puedes llevar una guantá que te ponga la cara boca abajo. Tampoco puedes decir que has estado muy ocupado y no has tenido tiempo de ir a comprar nada, puesto que ella te dirá que lleva toda la vida sacando tiempo de donde no hay para darte todo lo que necesitaras. Si es que las madres se las saben todas. ¿Qué hacemos entonces? Pues jodernos, sacar dinero e ir a comprar algo.

¿Y qué se le puede regalar a una madre que tiene de todo y no le gusta nada? ¿Una caja de bombones? No, tiene los niveles de azúcar por las nubes. ¿Flores? Joder, es alérgica. ¿Un perfume? Tiene veinte frascos diferentes, la tía. ¿Una película en deuvedé? Jamás he visto que permanezca despierta durante toda una película. ¿Algo para decorar la casa? La última vez me dijo "otro trasto más que limpiar", así que no. ¿Un libro de cocina? Sí, hombre, para que me suelte un "¡¿es que no te gusta la comida que hago?!" o un "más trabajo, ni hablar". ¿Una joya? No, que entonces sí que lo vas a tener jodido la próxima vez que haya que regalarle algo. Mira, mamá, casi mejor te doy cincuenta euros y te compras lo que te dé la gana.

Malditos sean los directivos de los centros comerciales y sus campañas de marketing, que sólo consiguen dejarnos mal a los hijos con la excusa de que "madre no hay más que una". Pues menos mal.

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Feliz día del consumismo

19 de marzo: día del padre. Así lo estableció el consejo de sabios de El Corte Inglés hace ya una pila de años. Algunos aún piensan que es el día de San José, y se empeñan en felicitar a sus colegas llamados así:
- ¡Tío, felicidades!
- ¿Por qué, si yo no soy padre?

En un tiempo en el que a la gente le dio por llamar a sus hijos con los más variopintos nombres que no fueran José, la pobación de joses menguó drásticamente hasta casi la extinción. Y claro, a El Corte Inglés esto le suponía una putada, puesto que había un bajón en las ventas porque nadie tenía un José cerca al que regalar algo. De modo que se reunió el consejo de sabios para elegir qué festividad crear para no tener tantos altibajos en las ventas. Y ya que estaban reunidos, pues las decidieron todas a la vez, que eso de reunirse varias veces es demasiado trabajo.

Para empezar, la Navidad. Que porque a tres mindundis se les ocurriera la idea de ir a recoger una estrella que se iba a caer y que, de camino, se tropezaran con un parto que no cubría la Seguridad Social y decidieran regalarles, muy rumbosos ellos, oro, incienso y mirra, que a saber para qué coño puede querer un recién nacido nada de eso, que le hubieran regalado un chupete o un sonajero, ya todo el mundo tiene que regalar algo a alguien. Así que todos a comprar cosas para regalar, como si no tuviéramos bastante con el subidón de los precios para la cena de nochevieja.

Cuando pasa el día de Reyes, no pueden permitirse que las ventas caigan en picado, así que se sacan de la manga las Rebajas de Enero. Si ya te habías arruinado con la cena y los regalos para toda la familia y amigos, es igual, te pides un crédito y a comprar cosas que, aunque no las necesites, no las puedes dejar pasar porque están a la mitad de precio que en Navidad. No te jode, en Navidad costaba el doble que cualquier otro día del año. La rebaja quiere decir que la dejan al precio de siempre, inútil.

Terminan las rebajas. ¿Qué hacemos? ¡La gente no compra! Venga, el día de San Valentín. Lo que haga falta para tener unos pocos ingresos extra, que la Navidad y las rebajas no han sido suficientes. Hagamos que las parejitas felices sean todavía más felices comprando las más inútiles chorradas que sólo servirán para que acaben en la cama, como todos los días, mientras nosotros nos embolsamos su dinero.

Para el mes siguiente, pues como la gente está dejando de llamar a sus hijos José, pues vamos a convertir ese día en el Día del Padre. Que todo el mundo le compre algo a su papaito. ¡Dos por uno en corbatas, oiga! En este día comprarás cualquier cosa que no comprarías para ti mismo, o cualquier cosa que le haga darse cuenta del siglo en el que vive. Tal vez un GPS, para que no se pierda, el Brain Training o la colección completa de Cuéntame cómo pasó en DVD.

El mes de abril es un poco flojo, pero bueno, se compensa un poco porque, con la tontería de la Semana Santa, que habitualmente es en abril (salvo este año), la gente tiene unos días de vacaciones que, en lugar de aprovechar para descansar, pues se pasan por aquí y salen con cuatro, cinco o doscientas treinta y seis bolsas. Además... ¡se acercan las comuniones!

El primer domingo de mayo: el Día de la Madre. ¿Por qué este día? Pues y yo qué sé. Estarían fumados o algo. Claro, el padre tiene su día, que puede caer en fin de semana o día laborable, también dependiendo de la comunidad autónoma en la que se encuentre. A joderse, tío. Pero la madre no. Ella tiene que tener un día especial, un día que no haya que ir a trabajar, que para eso es la que da a luz a los cabrones de los niños, que hay que ver dónde se esconden, mientras el padre está mirando y haciendo teatro (ay, que me desmayo). Dejemos que la inflen a regalos para demostrarle lo que la quieren un día, mientras el resto del año la dejan abandonada en la cocina.

Pero bueno, entre abril y septiembre, que es cuando empezamos la campaña de Navidad, tampoco hay que hacer nada. Las ventas vienen solas. Entre las comuniones de abril y mayo, las bodas, que son más frecuentes durante estos meses, y las compras de los que se van de vacaciones en verano, lo tenemos todo hecho. Así que vámonos de tapas, que la reunión se puede dar por terminada.

Como veis, lo tenían todo planeado. Actualmente, le das una patada a una piedra y salen seis o siete joses, pero como las cosas les iban bien, ¿para qué cambiarlo de nuevo?

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Semana Santa 2008

Ya ha llegado la Semana Santa, mucho antes de lo que estábamos acostumbrados. Apenas acabamos de salir del infierno de las elecciones generales cuando nos metemos en el de las procesiones. Y es que, con las elecciones, todo el mundo dice cosas como "cada cuatro años, la misma historia", y parece que no se dan cuenta de que la Semana Santa también es siempre la misma historia, pero se repite más a menudo. Concretamente, una vez al año.

Para empezar, la Semana Santa es la demostración clara de que la Iglesia miente de una manera descarada: el 25 de diciembre, fun fun fun, nace Jesús, y unos cuatro meses después lo matan siendo ya bien mayorcito. Aquí hay algo que no cuadra. Además, todos los años nace y muere. Digo yo que ya debe estar hasta los huevos de pasar una y otra vez por lo mismo durante tantísimos años. Que se coja unas vacaciones o algo. Además, dedican una semana entera a un hecho que ocurrió (o eso dicen, porque yo no lo vi) en unas doce horas. Vamos, que hicieron la redada en la Última Cena y, cuando se quiso dar cuenta, Jesús ya estaba colgado en la cruz, que ya hay que tener mala idea. Deberían celebrar, un año, la Navidad, y treinta años después, la Semana Santa, para que todo fuera más realista, y luego, repetir el proceso. Pero claro, no creo que a los centros comerciales les interese eso.

Y es que la Semana Santa es una festividad rara para hacer negocio en los centros comerciales. ¿Qué pueden ofrecer? ¿3x2 en cruces? No, la Semana Santa no es negocio para las grandes superficies. Pero sí lo es para las confiterías, donde ponen a la venta deliciosos ¿postres? cubiertos hasta arriba de azúcar, tales como pestiños, roscos, flores (se llaman así, yo qué sé) y otros tantos dulces. Otra cosa no, pero lo que es a los diabéticos les tiene que entrar una mala leche impresionante. Vaya mierda de fiesta para ellos; no pueden comprar nada. Y para los demás, ¿dónde está escrito que esos dulces sólo se puedan comer en Semana Santa? ¿Por qué no puedo comerme un rosco de esos en agosto?

A quien de verdad les salva el culo la Semana Santa es a las cadenas de televisión. Durante toda la semana no se tienen que quebrar la cabeza con qué basura emitir. Tan sólo agarran las películas que ponen todos los años por estas fechas y, hala, trabajo hecho. Y como no son largas estas películas ni ná, con una sola película y la publicidad que meten cada diez minutos, se han cepillado medio día de programación. Es tiempo de poner, igual que el año pasado (y el anterior, y el anterior, y el anterior, y el...), películas como Ben Hur, Jesús de Nazaret, Los Diez Mandamientos, Quo Vadis y todas las películas que hayan salido como resultado al poner "películas jesús" en Google. Podrían hacer algún remake y mostrarnos algo nuevo, y no las películas coloreadas de hace cientos de años. Pero claro, a nadie le interesa ese tipo de películas, a ver si se enteran de una vez. Al menos, que pongan La vida de Brian.

¿Y las procesiones? La Semana Santa es el momento ideal para no salir de casa. Si coges el coche, seguro que tienes que pasar por alguna calle que haya sido cortada para una de las diferentes procesiones. Si vas a pie, no puedes atravesar la calle en medio de la procesión, que queda feo. Y claro, como va tan despacio, te tienes que esperar un buen rato o dar un rodeo pasando por Albacete para llegar a tu destino. Pues nada, al final te quedas viendo cómo pasan unos cucuruchos de colores con pies y unas imágenes a lomos (literalmente) de unos cuantos costaleros. Y dices "con razón van tan lentos, que les hubieran puesto unas ruedas".

Y es que los costaleros lo tienen que pasar fatal, aguantando tan brutal peso sobre la chepa y, algunos, descalzos, que ya hay que tener ganas. Además, les debe cabrear un montón cuando tienen que pararse cada vez que a un aspirante "echao pa'trás" de Operación Triunfo le da por cantar una saeta. "¿Y qué es una saeta, cacho de imbécil?", preguntaréis. Pues una saeta es decir una frase cantada (y como salga ha salido) alargando las palabras tanto como se pueda. Es decir, que una frase de cinco palabras puede alargarse cinco minutos. Los costaleros pensarán "¡que esto pesa, coño, deja ya de cantar!". E insisto: habiendo ruedas, ya son ganas de cargar a peso con el bicharraco ese. Unas ruedecitas y a empujar, que hace menos daño.

Si por casualidad vas expresamente a ver las procesiones, que siendo las mismas del año pasado ya hay que tener ganas, podrás ver, como el año pasado, a la típica señora que no para de comer pipas y tirar las cáscaras al suelo, una gracia para los costaleros y penitontos que deciden ir descalzos, al vendedor que se las suministra, a la niña o al niño a hombros de su padre, impidiéndote ver absolutamente nada, y a los que no se compraron la cámara de fotos el año pasado y están ahí a ver si desgastan el flash mientras tú estás ahí de pie esperando que pase toda la procesión para poder dejar de oir quejas de la parienta por su creciente dolor de pies.

He notado que lo que más he repetido en este post es "ya hay que tener ganas". Pero es que es verdad, la Semana Santa es sufrir viendo la tele, sufrir sin poder salir o sufrir viendo a otros sufrir. Hay que tener ganas para eso y yo, particularmente, no tengo ninguna. ¿Por qué? Pues porque Jesús está vivo. O, al menos, lo estaba cuando grabaron este vídeo:



Actualizado 20/03/2008
Confirmado: Jesucristo está hasta los huevos de salir todos los años medio en pelotas, con el frío que todavía hace, como si fuera un mono de feria. Ahí, clavado en la cruz, sin poder moverse, que a más de uno le haría un corte de mangas, muriéndose ante la mirada de miles y miles de personas, que hay que ver lo morbosa que es la peña. Que, algún año, pues pase, pero todos, todos, todos los años, ya cansa, joder. De modo que es él quien se encarga de que llueva los días de Semana Santa. Aunque no sean todos los días, alguna lluvia siempre cae, con lo que él aprovecha para descansar un poco, que la fama también cansa lo suyo.

Pero es curioso lo gilipollas que puede ser la gente, que se echa a llorar si la procesión no sale. Joder, si eres costalero, ese esfuerzo que te ahorras; si eres penitonto, te ahorras un paseo del quince; y si eres una persona normal, te ahorras unas horas de estar de pie. Además, si son las mismas imágenes del año pasado, seguro que las tienes en fotos.

Y más curioso todavía es que, si llueve, "por culpa de la lluvia no ha podido salir la procesión", pero si luce un sol de justicia, "gracias a Dios, ha hecho un buen día". O sea, que si hace buen día es "gracias a Dios", pero si hace malo es por culpa del tiempo. ¿Y esos favoritismos? Qué fácil es darle la vuelta a las cosas cuando nos interesan.

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Teleoperadores: ganas de joder

Las empresas de telefonía fija e Internet, en los últimos años, se han puesto las pilas para hacerse un hueco entre tanta competencia. Pero no me estoy refiriendo a que ofrezcan mejores servicios, mejores precios o chorradas de este tipo, no. Me refiero a que cada vez son más tocahuevos a la hora de dar por saco vía teléfono para intentar que nos cambiemos de compañía.

Para empezar, la primera llamada es justo a la hora que llegas de trabajar, cuando aún no te ha dado tiempo de girar la llave de la puerta de entrada. Así que, cuando llegas al teléfono, la llamada ha terminado. Pero vuelven a llamar al cabo de un rato, cuando estás almorzando. Los que pensamos que la comida es sagrada y no se interrumpe salvo si hay menestra, ignoramos el teléfono sea lo que sea. Y vuelven a llamar más tarde, a la hora exacta para joderte la siesta. Claro, muchos teleoperadores empiezan a trabajar a las cuatro de la tarde, mientras que el resto de los mortales empiezan a las ocho de la mañana, si no antes.

Y es que, cuando estamos entrando en el primer sueñecito y suena el teléfono, lo primero que ocurre es que nos entra una mala hostia que dan ganas de estrellar el teléfono contra la pared. Acto seguido pensamos "¿y si es una cosa importante?", y contestamos. Entonces escuchamos la voz de un (o una) maldito (o maldita) gilipollas preguntando cosas típicas de su ser. Vamos a poner lo que sería unas conversaciones típicas:

- Teleoperador imbécil: ¿Está contento con su actual proveedor de telefonía e Internet?
- Acosado y jodido: Estoy menos contento contigo, que me has jodido la siesta.

- TI: ¿Tiene usted teléfono en casa?
- AJ: No, te estoy hablando a través de la plancha.

- TI: ¿Tiene usted conexión a Internet?
- AJ: ¿Acaso no te aceptaban en ningún otro trabajo?

Es que no son horas, y que siempre que llaman es igual. Así que mandamos al teleoperador a plantar petunias en Groenlandia. ¡Pero el operador no se rinde, y pregunta a qué hora puede llamar de nuevo! Pero vamos a ver, cacho melón, ¡que me caes gordo! ¡Que no me vuelvas a llamar en tu vida! ¡Que si no me interesa ahora, tampoco me va a interesar dentro de un rato! Como hablarle a la pared.

Y, con tanta compañía, un día te llama Orange, al día siguiente Vodafone, al otro Telefónica, Jazztel, Ono y su puta madre (sin ánimo de hacerles publicidad a ninguna, ¿eh? Que para darles el dinero a ellas me lo dais a mí, que para eso están los botones de donativos). Y si no son ellas, pues tu mismo operador para a ver si te pueden encasquetar un servicio más. O, también, las asociadas a los distintos campos, como [Compañía]-Empresas. ¿Por qué insisten? ¿Tan mal les va? Si alguna vez necesito sus servicios, ya seré yo quien los buscará a ellos.

Lo peor es que la mayoría de los teleoperadores son unos maleducados. Los hay que te hablan de tú como si fuérais juntos al cine los fines de semana. Los hay de los que te preguntan pero no escuchan lo que les estás diciendo:
- ¿Con qué compañía tiene contratada la ADSL?
- Pues con Telef...
- Es que estamos ofreciendo un pack que blablabla...

Los hay de los que, si les dices que no te interesa, te cuelgan sin decir "gracias" ni "disculpe las molestias" ni nada por el estilo. Y los hay tan acostumbrados a que les ignoren que son muy fáciles de sorprender:
- Le llamo de [Compañía] para ofrecerle un pack para llamar más barato entre las 2 y las 7 de la mañana...
- Ah, pues me interesa mucho.
- ¿De verdad?
- ¡Claro que no, gilipollas! ¡A esas horas acostumbro a dormir!

Y total, todas las compañías ofrecen lo mismo. Cada una te la pinta mejor que la otra y, al final, lo que no pagas por un lado lo pagas por el otro. Pero, eso sí, cuando ya has mordido el anzuelo, pasan de ti olímpicamente. Sería difícil decir cuál de todas ofrece un servicio peor, ya que, para cobrar siempre están dispuestos, pero para arreglarte los desaguisados que te montan...

No caigáis en esas ofertas que te ofrecen el cielo por cuatro duros, que la letra pequeña es la que toca los huevos. Pero para eso estoy yo aquí, para ampliar la letra pequeña. Básicamente, la infraestructura telefónica española es de Telefónica (originales con el nombre, oye), y todas las demás empresas utilizan sus líneas para operar. De modo que a tu nuevo proveedor le pagarás lo que ellos te pidan y a Telefónica el resto, con lo que estarás en las mismas. Con Ono es diferente, porque tienen su propia infraestructura por cable. La misma que "embellecen" las fachadas de todos los edificios. Parece mejor contar con una red propia, pero ni mucho menos, ya que el ancho de banda se reparte entre todos los usuarios que haya conectados a la red metropolitana y, al estar todos en la misma red, son mucho más propensos a ataques y virus (claro, usan Windows). Además, capan los puertos P2P, con lo que siguen jodiendo al consumidor.

Dan ganas de no tener teléfono en casa. Pudiéndose hacer llamadas por Internet, ¿quién las necesita? Yo no, desde luego.

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$an Valentín

Qué bien. Ha llegado San Valentín. Se respira amor en las calles. Se te hielan los pulmones con el frío que hace. Y huele a monóxido de carbono expulsado por el tubo de escape de un autobús. Las parejas van cogidas de la mano, cuando el resto del año ni van. Los enamorados visten con prendas rojas y las floristerías hacen su agosto.

¿De dónde viene el día de San Valentín? Algunos ingenuos piensan que este día se celebra desde tiempos inmemoriales. Otros dicen que es el aniversario de la invención del primer método anticonceptivo. Ilusos. La realidad es mucho más sencilla, a la vez que más perversa. Es por esto que este día también se conoce como San Corte Inglés.

En efecto, el día de San Valentín es una campaña para que los centros comerciales generen ventas. Tras el consumismo compulsivo de la Navidad las ventas caerían en picado si no fuera por las Rebajas de enero. Y algo tenían que sacarse para rellenar el hueco que queda entre éstas y el Día del Padre, otra estrategia comercial. Así pues, si te has arruinado durante la Navidad, en enero podrás comprar todas las sobras que queden de la misma a mitad de precio. Te acabas gastando una pasta pero, oye, no puedes dejar escapar esa oportunidad. Para que luego digan que la cuesta de enero es jodida. Las cajas registradoras muestran lo contrario.

Y para San Valentin compras todas las chorradas que ni de coña comprarías el resto del año. Lo justo y necesario para que la parienta no empiece a renegar o, incluso, se le quite, como por arte de magia (la magia del consumismo amor), el dolor de cabeza que tanto os jode a ambos por las noches. Y ya está; ya la tienes contenta hasta el año que viene. Qué más quisieras. La cosa es mucho más chunga de lo que parece.

Y es que, al año siguiente, la muy hija de puta se acuerda de lo que le regalaste el año anterior. Y ella no dice nada. No lo dice, pero te echa unas miradas que como no le regales algo mejor que el año anterior sabes que no mojas en un tiempo. Y no solo eso: es que también te obliga a ser el más detallista de entre las parejas de las compañeras. Porque, claro, el día del regalo, "¡ay, me encanta!", pero luego se lo cuentan a las amigas, éstas les responden con que sus parejas les han regalado algo mejor y vuelven con un "¡vaya mierda de regalo me has hecho!". Lo mejor sería regalar algo, al año siguiente algo mejor, al año siguiente algo aún mejor y, si crees que no te vas a poder superar el año siguiente, cambias de pareja y empiezas de cero.

De verdad, los tíos estamos en un verdadero apuro. Es realmente difícil acertar con el regalo. ¿Acaso te voy a querer más por regalarte algo, jamía? Es que los tíos tenemos poca imaginación, porque somos más conformistas con estas cosas. Para regalarle algo a una mujer hay que remover cielo y tierra, aunque al final acabas comprando una auténtica chorrada, pero de eso trata este día, ¿no?. En cambio, para regalar algo a un tío, cualquier cosa nos vale:
- Chiquitina, cariño, mi amor, te he comprado este peluche que cuando lo abrazas dice "te quiero".
- Oooooh, qué tiennnno. Pues yo te voy a regalar esta...
- Es igual, vámonos a la cama.

La solución genérica: un ramo de flores. A eso no hay mujer que pueda decir nada, porque saben perfectamente que para el día de San Valentin las rosas cuestan tres veces más que cualquier otro día del año. Bueno, sí hay quién se quejaría: las alérgicas. Joder, además de coñazo, defectuosa. ¿Qué hacer con éstas? Pues hay otras soluciones. Miles de soluciones. Tantas como anuncios pastelosos hay en la tele durante los veinte días previos. Imaginación al poder, chicos. En la tele, en Internet y hasta en los correos basura que te mandan todos tus contactos, generalmente chicas. De modo que acabamos de San Valentín hasta los huevos antes de que llegue el día y con un subidón de azúcar que ni Celia Cruz.

Que vale, que sí, que mucho amor el 14 de febrero. El resto del año, ya les pueden ir dando a nuestras parejas. Es lo que se promueve con estas cosas: tú compra ahora que para el resto del año ya tenemos más días para celebrar.

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Porque no cuesta tanto

Vivo en una de las ciudades más sucias de España. Y porque no he salido mucho al extranjero, que, si no, diría que una de las más sucias de Europa. No voy a decir el nombre de mi ciudad para no joder el turismo, pero fijaos si hay mierda en la calle que de aquí salió Bisbal.

¿A qué se debe esto? Pues a que los ciudadanos, más que unos putos cochinos, son unos dejados de la vida. Ir a lo cómodo es mucho mejor que hacer las cosas bien. El concepto "buen ciudadano" se esconde bajo tierra por temor a que lo apedreen. Y la conciencia social, por supuesto, se olvidó de pasar por aquí. Hay contenedores de basura prácticamente en todas las esquinas, y montones de papeleras en los parques y avenidas. Pero no, eso de andar tres pasos a tirar el papel... mejor al suelo, que me pilla más cerca. Yo hasta tengo la sensación de que me miran mal y se ríen de mí cuando tiro el envoltorio del chicle a la papelera. ¿Sentirse mal por hacer las cosas bien? ¿Dónde se ha visto eso? (pregunta retórica, ya sé que "en España").

Si vas andando por la calle, como no mires al suelo, pisas una mierda fijo. Porque ha estado el señor (o la señora) paseando al perrito (o al rinoceronte, porque hay cada mierda que...) y éste ha hecho sus cositas. Pero, ¿para qué se va a agachar a recogerlas con una bolsa y tirarlas al contenedor? ¡Que todo el mundo sepa que éste es el territorio de mi Totó! ¡Qué bonico es! Mañana voy yo a cagarte en el sofá, a ver si te hace gracia y te parezco bonico, cabrón. Me entran unas ganas de, la próxima vez que vea esto, ponerme farruco y decirle "recoja eso"... Si no me hace caso, telefonazo a la policía, con dos cojones. Seguro que tras una multa de 600€ (por decir) se lo piensa mejor otra vez.

También se ven montones de manchas negras en las aceras, fruto de chicles pisoteados y repisoteados que se han fosilizado y hecho un solo ser con las baldosas. Al menos, no son tan molestos puesto que no se te quedan todos pegados, sólo los recién plantados. Pero sí son molestos a la vista. Se supone que las baldosas son de tonos rojos, pero más bien parecen la piel desteñida de un dálmata. ¿Tanto trabajo cuesta coger un papelito, escupir el chicle dentro y depositarlo finamente en una papelera? Yo lo hago, y todavía no me he herniado.

Las colillas también son parte de la fauna de esta ciudad. Personalmente, me molesta mucho el tabaco; no me gusta su olor. Incluso me revuelve las tripas y me marea en ambientes muy cargados. Además que el humo se impregna en la ropa y el pelo, y del pelo a la almohada y paro ya que me estoy alejando del tema principal. El señor (o la señora) se está fumando su cigarro (expulsando el humo hacia donde le da la gana, sin importarle en absoluto si molesta a alguien) y, cuando llega casi al final, tira la colilla al suelo. ¡Pero la tira encendida! Así, la colilla sigue expulsando humo nocivo hasta que se termina de consumir. A ver, ya está mal que tires la colilla al suelo pero, por lo menos, pégale un pisotón y apágala. ¿Tanto te cuesta? "Eh que lo mihmo la aprovecha un pobre pa matal-la". Anda, no me jodas.

El botellón se prohibió, no para evitar que los menores de edad bebieran alcohol, sino por la cantidad de basura que se quedaba en esas zonas. Contenedores a veinte metros, pero como si no existieran. Vamos demasiado borrachos como para acertar a meter las botellas dentro. Y seguro que con lo que sobra alguien se puede pegar otro fiestón de gratis. Ahora se quejan de que no les permiten hacer botellón. Pues os jodéis, que os lo habéis buscado vosotros.

¿Qué se consigue con ésto? Pues que se destinen más fondos a pagar equipos de limpieza para que intenten mantener la ciudad más o menos en condiciones. Pero es una tarea imposible: por mucho que trabajen, no pueden dar a basto. Pues eso, que se tienen que destinar más fondos, que bien podrían invertirse en otros menesteres tan importantes o más. También se consigue que, si el ayuntamiento quiere invertir en todos los aspectos de la ciudadanía, suban los impuestos. Y la gente se quejará. Joder, si es que nos los estamos buscando solos. Que no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia.

Pero no sólo la higiene urbana es síntoma de la falta de conciencia social. Hay muchos otros aspectos en los que se nota la falta de solidaridad para con el resto de ciudadanos. Por ejemplo, al aparcar en un centro comercial (en el parking, se entiende). El tío llega, mete su coche y como se quede se ha quedado. Da igual que ocupe una plaza que dos o que dieciseis. Vamos a ver, hijo de la grandísima puta chiquitín: si ya te has metido, no seas cabrón, invierte un maldito minuto de tu vida en maniobrar y dejar tu tartana en su sitio, dejando la plaza de al lado disponible para otro, que la tuya no te la van a quitar. Que está todo medido y hay sitio para todos, pero hay que colaborar. ¿Tanto te cuesta? Lo que vayas a comprar va a seguir ahí un minuto después.

Otro gran problema de los ciudadanos de por aquí es que somos terriblemente escandalosos. Podemos estar a dos metros que hablamos a voces, y nos enteramos de lo mismo que hablando a una voz moderada (absolutamente nada, pero bueno). Por las paredes se oyen las conversaciones de los vecinos; por las ventanas se oyen las conversaciones de los transeuntes; y hasta desconocemos para qué narices quiere cierta gente un teléfono móvil. Bajad un poquito el tono de voz, que a nadie más le interesa lo que esteis diciendo, y tus cuerdas vocales te durarán más.

En una comunidad de vecinos es una situación horrorosa. No sólo por el hecho de hablar demasiado fuerte, sino también por los andares de los vecinos y, sobre todo, de las vecinas. Parece que hay que pisar fuerte para que todo el mundo sepa que llevamos zapatos. Las mujeres, con los zapatos de tacón... porque sé que los humanos andamos erguidos que, si no, juraría que eso es un caballo. En la calle se nota menos durante el día, pero por la noche se oyen perfectamente los zapatazos de todo el que pasa por debajo. No hace gracia que te despierten así, la verdad. Y no cuesta tanto caminar un poco más sigilosamente.

Seguramente, mañana esté muerto. Pero, si esto es así, será porque tengo toda la razón del mundo. Y ya se sabe: la verdad duele. Los títulos de sucios y escandalosos nos los hemos ganado a pulso, pero nunca es tarde para intentar mejorar.

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El abrefácil

Presentamos un invento ideado, en principio, para facilitarnos la labor de extraer un alimento (por llamarlo de alguna manera) de su envoltorio, pero cuya misión real es la de hacernos perder el tiempo, los nervios y las ganas de comerse aquéllo a lo que intentamos acceder: el abrefácil. Qué cachondos con el nombre.

Miremos, para empezar, las latas de conservas. Antes cogíamos un abrelatas, bien de palanca o bien de rueda, para abrirlas. Tardábamos apenas un minuto (dos para los torpes como yo) y teníamos nuestra lata abierta y lo que hubiera dentro dispuesto a ser devorado. Ahora las latas vienen con abrefácil: una anilla que, en el mejor de los casos, se te queda en el dedo como si de una granada de fragmentación marca ACME se tratara. Si consigues abrir la lata, una de dos: o acabas con un dolor de la hostia en el dedo que hace fuerza o te rebanas uno de la otra mano, porque no veas lo que cortan los putos filos.

Luego está el cartón de leche, vino o de lo que sea. El tetra brik de toda la vida, el que no tiene los abrefáciles estos modernos de plástico, que de esos hablo en un momento. Intenta abrir un cartón de leche sin tijeras. Levantas la punta donde pone "abrefácil", doblas y rasgas haciendo más fuerza que con el mando cuando tiene pocas pilas. Vale, ya está abierto. Ahora intenta verter leche en un vaso. ¿Lo ves? Te has empapado la mano y hay más leche en el suelo que en el vaso. Anda, tira por la fregona.

Ahora, los cartones de leche con el abrefácil moderno. Éstos que, para abrirlo, abres una tapita de plástico y te encuentras con una pequeña tirita de aluminio. En cuanto pegas un pequeño tirón te quedas con la mitad de esa tira en la mano y el resto se queda donde venía de fábrica, dejando igual de cerrado el cartón de leche que antes, con la diferencia de que ahora no lo puedes abrir con la mano. Ya tienes que ir a por un cuchillo para quitar la tira del agujero por donde se supone que sale la leche cuando lo vuelcas. Vale, pues hazlo; sírvete un vaso de leche. ¡Si es que no tienes cuidado! ¿No sabes que en estos cartones sale la leche a borbotones? Anda, que estás dejando la cocina buena.

Le toca el turno al abrefácil de los envases de lonchas de embutido. Cogen un número de lonchas, las meten entre dos plásticos a modo de sandwitch, las juntan y les hacen el vacío. Claro, así todas las lonchas se quedan pegadas como si fueran una sola. Tanta presión que se fusionan. Estos paquetes suelen venir con abrefácil, así que te preparas y te dispones a abrirlo. Lo primero, que encontrar dónde se encuentra el puto abrefácil es toda una odisea. Luego, intentar separar las dos partes de plástico que se supone no están pegadas te llevan una media hora. Ahora, el tamaño de esta parte que has conseguido despegar de casualidad no es lo suficientemente grande como para poder agarrarlo bien y, encima, es escurridizo. Y luego tienes que tratar de que no se rompa al hacer fuerza para abrirlo. Total: te tiras diez minutos para abrir una cosa que de toda la vida se han tardado quince segundos con unas tijeras.

Por último, el abrefácil de un CD o un DVD, el del precinto (¿qué pasa? ¿que por no ser de alimentos no son abrefácil?). Porque algunos lo tienen y otros no. En los que no, te tiras un rato mirando a ver dónde tiene el abrefácil; en los que sí, te das cuenta de que tenía abrefácil después de haberte tirado media hora para abrirlo. Claro, como los ponen de manera que apenas se note que está ahí... La cuestión es confundir al personal.

El que inventó el abrefácil tiene que estar revolviéndose en su tumba. Aunque desconozco si ha muerto, es lo que se suele decir. El abrefácil más eficaz se llama "tijeras", salvo cuando se trata de abrirle la cabeza a alguien, en cuyo caso se llama "llave inglesa".

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Las señales de tráfico

Si, esas que convierten un recorrido más o menos corto en un auténtico suplicio. Esas que hacen que no podamos conducir más de 300 metros sin cambiar de marcha. Esas que te obligan a forzar los músculos del ojo para verlas, controlar tu velocímetro, y, en los escasos momentos en los que estás seguro de no llevarte una multa radar, mirar a cualquier otra cosa que pueda suponer un peligro, todo a la vez.

Ayer, 12 de enero de 2008, me hice un "agradable" viaje de Vigo a La Coruña. 156 Kilómetros. Salida a las 6 de la mañana, había que estar antes de las 10 en el destino. Visibilidad, en lo referente a las condiciones atmosféricas, buena, con ocasionales bancos de niebla, y alguna llovizna aislada. Visibilidad, en lo referente al estado de la vía, pésima. Asfalto super-reflectante, un coche de frente hace desaparecer las rayas. Si lleva faros supletorios, intentas adivinar donde está la cuneta, para tirarte a ella si hay problemas. Los bidones de desperdicios, estratégicamente colocados para esconder a vehículos o personas de otras vías. La raya discontínua, especie en peligro de extinción.

En el primer tramo, hasta Pontevedra, poco tráfico, y menos mal, porque en treinta kilómetros, sólo hay seis sitios para adelantar. Tres de ellos, en población, y con límite a 50. En dicha ciudad, atravesamos el casco urbano. Rotondones aptos para un concierto de los Rolling Stones, convenientemente enlomados para que no sepas si viene alguien, y con pasos de cebra sobreelevados justo al entrar y salir, soñamos con un dispositivo de aviso de peligro de 360 grados, porque nuestros ojos están seleccionando la mejor ruta para evitar tocar el carter.

El conductor, debería superar un examen adicional de ESP (Extra Sensorial Percepcion), porque a ver cómo se puede ceder el paso a la izquierda, cuando tenemos que mirar hacia abajo por el bien de nuestro coche, y hacia la derecha para no desayunarnos un peatón.

Tras un tramo en obras, logramos salir de la ciudad. Carretera abierta. Una mierda. Han eliminado todos los sitios en los que se podía adelantar. Un furgón sobrecargado, nos deja a 60 km/hora, hasta un doble carril en cuesta arriba. Tercera, acelerar. Entra la cuarta, ya vamos a 80. forzamos la máquina, un poquito más, y quinta. Otra mierda, se acabó el doble carril, viene un "cochazo" con faros de Xenon desde atrás, tercera para dejarlo pasar...

Y empieza el baile. De cuarta a tercera, cada poco tiempo. En rectas de más de 2 kilómetros, basta que haya un sendero, y a 50. Se supone que una travesía es una aglomeración de casas, pero con que haya dos a 300 metros de la carretra, puñetero frenazo y reducción de una o dos marchas, hay un coche aparcado con el morro hacia afuera, y puede tener cámara de fotos... A veces logro poner la quinta, el motor lo agradece, baja su temperatura 10 grados, y tira menos humo, lo veo por el retrovisor.

Llegamos a Milladoiro. Sitios donde antes se podía adelalantar, le han puesto un murallón como mediana. Tres carrilles en subida, dos rotondones, todo a 50. Sabes que hay radar suelto, pero no donde, juegas con el acelerador para quitarte a algún vehículo lento de delante, pero sin pasar de 60, si te pillan, que sea leve. Atento al retrovisor, los lugareños ya conocen al camuflado, así que te atacan por detrás a 80 o 90, te pasan, y de repente, frenazo... Lo han visto. Y tu te quedas con sus luces de freno en la retina, contribuyendo a joderte la vista prematuramente.

Pasar Santiago, pues por el tramo gratis de la Autopista. Luego, zona de cuestas y curvas, pero se puede ir a 70-80, a veces, hasta te autorizan a alcanzar los 100.

Llegas a Ordes. Desde hace décadas, un asqueroso e inútil semáforo provoca la retención de todo el mundo. A pararse toca. Y a acostumbrarse a ello, también. Porque hasta La Coruña, apenas se podrán hacer más de 20 kilómetros con una marcha larga. Al pasar Meirama, queda lo peor. Todo a 40, 50, a veces , algún tramo a 70, que en la primera curva, vuelve a ser travesía. Empiezan semáforos imposibles, en cuesta abajo después de pronunciadas curvas, distingo a algún camuflado acechando, una patrulla en coche visible ha detenido a dos vehículos... Precaución, pero no con la conducción, sino con las multas.

A una velocidad media de 55 Km/hora, llegamos al destino. Aún queda superar la prueba de fuego, atravesar la ciudad de punta a punta. unos 15 semáforos. Todos, tan sumamente amables, que se cierran cuando te aproximas. Fin de viaje. Pero queda volver...

Entonces, va el listo de turno, y me pregunta ¿Porqué no fuíste por Autopista ? Lo miro, le veo el careto de portador de Visa Platinun.. y le doy doce razones y pico, a un euro cada una. Porque mi cochecillo, sólo gasta 8 litros de Gas-Oil en hacer ése recorrido por vía convencional, pero 9 por "la ancha", ya que la mala aerodinámica penaliza mucho el ir a 120.

Y ahora, le damos un punto de vista más bestia. No deben prohibir a los coches que circulen a 50 Km/h por las poblaciones. Lo que deben prohibir, es que se hagan poblaciones por donde circulan los coches. Porque éstas miniciudades, ahora plagadas de rotondas, pasos de cebra, semáforos y rádares, crecieron porque sus primigenios habitantes vivían de los conductores, montando tiendas y restaurantes, gasolineras y talleres. Con la construcción de autovías y autopistas alternativas, se arruinaron. Pues ala, a dedicarse a la plusvalía inmobiliaria. Venga edificios y urbanizaciones.

Pero se han convertido en unos desagradecidos. Ahora odian los coches, los mismos que revalorizaron extraordinariamente unas tierras a menudo yermas e inútiles. Se hicieron un pueblo con cuatro duros, y ahora, con la excusa de que están bien comunicados, venden sus terrenos a precio de milla de oro. Y los nuevos habitantes, que usan el coche para ir a trabajar a x kilómetros, no quieren que los demás contaminen su casa, su barrio, ni que atropellen a sus hijos. No, se compraron una casa al borde de una carretera, y ahora quieren que los coches vayan con cuidadín cuidadín.

Pues no estoy de acuerdo. Que se jodan. Nadie les obliga a comprar al lado de donde pasan los coches. Si quieren cruzar la carretera, deben ser ellos los que se esperen a que no pase ningún coche. Y ponerse faros en la boina. Los pasos de cebra y semáforos, prohibirlos en las travesías. El que quiera hacer una maniobra, sea a pié, en tractor, bicicleta, coche o barco anfibio, que mire primero.

Si uno quiere ir de Vigo a Coruña, no tiene por qué ponerse de los nervios por culpa de que otra gente se haya apropiado de los arcenes. Haber construído sus casas a 100 metros, dejando espacio para carriles de aceleración y pasos en altura para coches y peatones. Los demás, no tenemos la culpa de que no sepan asumir que una carretera es peligrosa, y que no se debe vivir a su vera.

Y un mensaje a nuestro "querido" director de tráfico: le invito a que vaya de Vigo a La Coruña por carretera antigua, y detrás de un autoescuela, para que no se pase de velocidad. A final de recorrido, le espera una deliciosa cajita de Valium, para que recupere usted su tranquilidad espiritual.

Qué bonito es decir que la gente conduce mal, cuando se viaja en coche oficial con escolta, o en avión, o helicóptero. Pero con el pié en el embrague, jodiendo la rodilla cada 200 metros, me gustaría verlo día tras día...

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Las compras de Navidad

Todos los años la misma historia: llega la Navidad y los centros comerciales se ponen hasta arriba de gente desesperada por comprar aquéllo que no ha podido comprar durante los restantes trescientos treinta días del año. Trescientos treinta o trescientos cuarenta; por ahí va la cosa. Porque cada año empieza antes. Exactamente en el momento en que aparece el primer anuncio del Sorteo Extraordinario de Navidad: agosto. A partir de ahí sabemos que la Navidad está próxima y hay que ir preparándose. Entonces, ¿por qué coño la gente espera hasta el último momento? ¡Es que parece que no les habían avisado!

Conforme nos vamos acercando al centro comercial, nos encontramos coches aparcados hasta en las farolas. Entrar y salir de un aparcamiento puede demorarse perfectamente una hora. Eso si tenemos la suerte de que uno no se haya pegado la piña del siglo por haberse pasado por los kinder sorpresa una señal que, como es un aparcamiento, no tiene validez ni quitan puntos y haya que estar esperando a que la grúa lo saque de entre doscientos treinta y seis coches compitiendo por quién desgasta antes el claxon. Y aunque sabemos que no vamos a encontrar aparcamiento, ¡entramos! Y no encontramos porque:
  • Un conductor malafollá ha metido medio coche en la plaza de al lado.
  • Un coche está torcido y como intentes aparcar te comes la columna.
  • Hay aparcada una Harley Davidson de imitación (igual de grande, pero más barata).
  • El hueco que has visto ¡es el de los carritos!
Al final te toca aparcar más cerca de tu casa que del centro comercial. Y cuando estés llegando a la puerta principal, ni se te ocurra ir por el aparcamiento porque es cuando empiezas a ver plazas libres y te entra una mala hostia...

Cuando por fin llegas a la planta de las tiendas, lo único que ves son un mogollón de bolsas de plástico del que sobresalen las cabezas de unas personas desesperadas por salir, pero que no pueden porque se les ha olvidado algo, porque siempre se olvida algo. Moverse entre la multitud es una carrera de obstáculos por la supervivencia. Tropezarte y caer no es una opción; puede suponer una muerte inmediata y, lo peor, un saqueo.

Dejando un poco de lado la exageración, que yo también me estoy pasando, lo cierto es que, como quieras comprar lo que compra todo el mundo, te encuentras con que ¡no queda! Y es que la gente está acostumbrada a que haya de todo siempre. Claro, durante el resto del año las compras se hacen más tranquilamente; no se compra de todo; si no se compra hoy, se compra otro día... Pero ahí estamos, ante un estante vacío. Cuando la parienta ya dice "coge lo que pilles y vámonos que me estoy agobiando", como si de coger provisiones para sobrevivir a un tornado se tratara, te encuentras con colas kilométricas en todas las cajas registradoras que puedes ver hasta donde te permite tanta cabeza.

Y es que, si sabemos que esto ocurre todos los años, ¿por qué lo seguimos haciendo? ¿Por qué dejamos siempre las compras de Navidad para última hora? ¿Por falta de tiempo? ¡Y una mierda! ¡Porque somos así de imbéciles! Porque parece que en Navidad hay que consumir todo lo que no se ha consumido en todo el año. Pues que luego no se queje la gente de la cuesta de enero.

Porque esa es otra. Si sabemos que en Navidad todos los precios suben, ¿por qué compramos en Navidad? Cómpralo dos meses antes y lo congelas. Los precios se disparan, pero lo tenemos que comprar porque no lo hemos consumido en todo el año. Lo dicho: somos imbéciles. Un pavo cuesta casi el doble en Navidad que en octubre; los percebes, tres cuartos de lo mismo; el lechón, ídem... ¿Qué podemos hacer? ¿Comer conejo? Pues no: anticiparse. Nos ahorramos una pasta y las aglomeraciones en los mercados.

Pero ya termina el año, se declaran las defunciones por atragantamiento de uvas y parece que todo está más tranquilo. ¡Y un mojón de kilo y medio! Ahora tocan los regalos de Reyes, que no se podían comprar en el mismo momento en que se compraban el resto de las cosas para Navidad y Nochevieja, noooo. Había que esperar al día 2, porque el 1 es fiesta (y si abren, me da lo mismo, que estoy de resaca) para empezar a comprar los regalos. Otra vez las colas en los aparcamientos, las masas de gente, los estantes vacíos, la parienta agobiada y las cajas saturadas.

Y llegan los Reyes. Y los niños emocionados. Y las tarjetas de crédito derretidas. Y ahora llega el padre y le dice al hijo "los Reyes Magos te han traido la plei...", a lo que el niño comienza a saltar de alegría mientras el padre termina "... y ahora te la quito hasta Semana Santa porque, si no, no me estudias".

Por fin, terminó la Navidad. Y se llevó por delante los ahorros de todo el año.

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