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El panorama musical

El mundo de la música ha cambiado. Lo siento en la tierra. Lo siento en el agua. Lo huelo en el aire. Digo que lo huelo no para dejarlo igual que la introducción de El Señor de los Anillos (que también), sino porque la música actual... apesta.

Puede que un día, sin querer, enciendas la radio en Los Cuarenta Principales. No pasa nada; todos hemos tenido un mal día. Pero justo en ese momento en que tu cerebro ha sido atacado vilmente, aprovechan para destruirte del todo con una canción con la que hacer sufrir a todo el país durante toda la semana, si no más: "te presentamos el éxito más importante del momento: número uuunooooooo". Y te plantan a Juanes. Es ahí cuando te dices a ti mismo "joder, si éste es el más importante, no quiero ni imaginar cómo serán los otros treinta y nueve".

Y es que es muy fácil triunfar en un mundo pobre y nefasto. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey, ¿no? Tan sólo te hace falta crear una melodía que se repita más que el pimiento de piquillo y, si tiene éxito (que lo tendrá, ya se encargarán de ello las discográficas), hacer el resto de canciones exactamente igual. Si algo triunfa, ¿para qué vamos a cambiar, no? Es en lo que se basa la música de hoy. Si no, que se lo digan a La Oreja de Van Gogh.

Mientras tanto, la música de verdad, la que crean los propios grupos y no los productores (ay, Bisbal, qué sería de ti sin productores), quedan en un segundo plano, ensombrecidos por una industria obcecada por el dinero. El vil dinero, capaz de cambiar el alma de un grupo. Capaz de hacer que los creadores de canciones casi mitológicas se rebajen al nivel de crear la misma basura que el resto, destrocen las que fueran sus mejores canciones o sustituyan descaradamente su público por otro con menos gusto. Tal es el caso de Dover o Mägo de Oz, que estuvieron en la cumbre y cayeron en picado hacia un mar de decadencia y mediocridad. Podrán ganar más dinero, podrán ganar más premios, pero mi respeto lo han perdido para siempre (¿cómo que "pues vaya cosa"?).

La culpa la tiene la industria discográfica, que dicta lo que tiene que gustar a la gente, en lugar de ver el talento natural de los artistas. ¿Que no tienes talento? Es igual, haces esto, cantas esto y pones la cara y nos forramos todos. ¿Que lo tienes? A nadie le importa. A nadie le gusta lo que tú haces... porque se lo he dicho yo, obviamente.

Pero la culpa no es sólo de la industria. Buena parte se la llevan los consumidores, que compran la música que les venden y ya está. No se paran a ver qué es lo que realmente le gusta a cada uno. No buscan por sus gustos. No piensan. Y eso es lo que le viene requetebien a las compañías discográficas: que el consumidor no piense, que compre lo que les venden para recuperar su inversión y que nadie se dé cuenta de que hay gente con talento porque se arruinan.

Lo peor es que casi todas las emisoras de radio ponen la misma bazofia. Claro, son mantenidas por las propias discográficas, y tienen que mostrar esa música para que la gente la compre. Si intentas huir de una canción, date por vencido. En la otra emisora también te la pondrán. Y al día siguiente lo mismo, y lo mismo, y otra vez, hasta que tu cerebro se convierta en potaje de garbanzos y el pensar se te olvide.

Sólo una emisora se salva: Rock&Gol. Y es curioso, es muy difícil que las canciones se repitan. Al menos, no el mismo día. Lo que quiere decir que hay muchísima más variedad de música de la que nos hacen creer las discográficas y sus emisoras. Por desgracia, no es la emisora que más audiencia tenga, precisamente, dato que confirma que hay mogollón de potaje de garbanzos andando por la calle.

No es difícil encontrar buena música, sólo hay que buscar un poquito. La música mala no hay que encontarla: ¡ella te encuentra a ti!

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